8 nov. 2011

Gilad Shalit, la historia de un valiente.


La firmeza y contención con que la familia Shalit luchó por liberar a su hijo Gilad del cautiverio del grupo terrorista Hamas, fue no sólo un enfoque pasajero, sino una forma de vida que Noam y Aviva, los padres, transmitieron a Gilad, un joven callado, no exuberante ni especialmente expresivo, pero seguro de sí mismo, inteligente y de pensamiento claro, lo que quedó reflejado en sus primeras manifestaciones desde su liberación. Introvertido, pero no porque no tenga qué decir.

Gilad, hoy ya de 25 años, nació el 28 de agosto de 1986 en la ciudad costera israelí de Naharia, aunque luego la familia se mudó a Mitzpe Hila, en la arbolada Galilea. Es hijo de Noam y Aviva, hermano de Yoel y Hadas. A los 18 años se enroló a su servicio militar obligatorio. El 25 de junio del 2006, cuando aún no había cumplido 20 años, fue secuestrado por terroristas de Hamas cuando se hallaba en su base en el puesto de Kerem Shalom, cercano a la frontera con Gaza, del lado israelí de la misma.

Fue liberado el pasado martes 18 de octubre, tras cinco años y cuatro meses en manos de la organización terrorista, sin haber visto ni una vez a un representante de la Cruz Roja Internacional.

“Los escenarios para los que uno se prepara cuando vuelve un prisionero son varios y deben incluir las peores posibilidades”, dijo el psiquiatra y coronel Gadi Lubin, jefe de los Servicios de Salud Mental en el Ministerio de Salud Pública de Israel. Si bien habrá todavía desafíos con los que lidiar, el doctor Lubin afirma de modo categórico que en Gilad “la parte cognitiva, la forma de pensar, la calidad de pensamiento y la forma de organizarlo se mantuvieron bien y en realidad hasta son impresionantes”. Se aventura a vaticinar que Gilad podrá tener una vida normal, estudiar, desarrollar una carrera y formar una familia.

Es justamente la calma, la serenidad, aun en medio de una situación de emociones especialmente fuertes, lo que enaltece más a ojos de los israelíes la personalidad de Gilad Shalit. “Héroe”, le llamó el titular de uno de los diarios de mayor difusión en Israel, en la primera página, festiva, de su edición del miércoles 19 de octubre, un día después de la liberación. Es que de fondo está no sólo el drama de su regreso, sino lo que el joven soldado irradió apenas se le oyó a hablar, apenas se lo vio débil, pálido, pero vivo.

Especialmente notorio fue su nivel e inteligencia, cuando en una extraña entrevista que le impuso la televisión egipcia, antes de pasar a manos israelíes, una periodista le recordó que “hay todavía cinco mil presos palestinos sufriendo en las cárceles israelíes”, preguntándole si ahora él va a “luchar” para que salgan. Shalit se detuvo un segundo, sonrió y dijo con calma: “Me alegrará que todos salgan”, agregando de inmediato lo que impactó a los israelíes: “Pero que dejen de luchar contra Israel, para que no haya guerras entre israelíes y palestinos”.

La idea de la paz no es nueva para Gilad. Cuando tenía tan sólo 11 años escribió un cuento para niños: “Cuando el tiburón y el pez se encontraron por primera vez”. Se trata, en efecto, de un pequeño pez y un gran tiburón que se encuentran en el agua y, aunque son enemigos naturales, deciden optar hacerse amigos.

Gilad conoció el dolor de la guerra a través de su propia familia, ya que el hermano mellizo de su padre Noam cayó en los combates de la Guerra de Yom Kippur (el Día del Perdón), en 1973. Al hermano mayor de Gilad se le puso el nombre del tío, Yoel.

Hijo de una familia que durante años habló del sueño de volver a vivir tranquila, en silencio, con sus hijos, sin cámaras ni micrófonos de por medio, se convirtió sin saberlo en ciudadano honorario de París, Roma, Miami, Nueva Orleáns, Baltimore y Pittsburgh. Pero para los Shalit, las grandes noticias de los últimos días eran que Gilad pidió salir a pasear un corto rato por las calles de Mitzpe Hila, que se reunió la noche siguiente a su liberación con un grupo de amigos de la infancia que quedaron impresionados por la integridad emocional que notaron en él, y que dos días después de volver a su casa salió a andar en bicicleta por su pueblo.

Fuente: El Universal.

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